Hace un par de semanas inauguraron en Bogotá el primer café Starbucks. El debate generado por el éxito que ha tenido no se ha hecho esperar, especialmente porque para muchos es incomprensible cómo hay personas capaces de hacer interminables filas para comprar una taza del mismo café que producimos en este país, pero muchísimo más costoso.Ayer sucumbí a la tentación, y aprovechando un espacio libre de mi agenda (y que aún no había fila), decidí darme la oportunidad de recordar por qué esta cadena de cafés era uno de mis lugares recurrentes cuando vivía en Barcelona.
Para algunos es cuestión de status. Para otros es cuestión de gusto. Para mí es cuestión de libre albedrío. No es el café, ni la atención, ni la imagen de marca lo que en mi opinión hacen la diferencia. Es la posibilidad de elegir en qué ambiente tomar un café según mis circunstancias. Es tener diferentes alternativas de espacios para interactuar, de acuerdo a mi estado de ánimo, la compañía (un libro, mi pareja, mi ordenador o mis amigos) o la actividad que voy a realizar: una mesa, la barra, un pequeño salón, un sillón apartado del bullicio de la gente, una mesa alta para trabajar.
El tener la opción de seleccionar, ajustar y usar el espacio que mejor se adapte a nuestras actividades cotidianas tiene un impacto fundamental en la forma como las desarrollamos y en la satisfacción que sentimos al realizarlas. El espacio en el que desempeñamos nuestro trabajo no debería ser una excepción, mucho menos cuando un “match” perfecto entre nuestras actividades y el espacio del que disponemos influye de manera decisiva en nuestra productividad y nuestro bienestar, dos premisas fundamentales en el credo de muchas compañías.
Nuestro trabajo está compuesto por diferentes actividades y diariamente adoptamos diferentes comportamientos, por lo que la conceptualización de nuestro lugar de trabajo debería permitir ajustar el espacio disponible a las diferentes necesidades. Para Annie Lesson, la clave está en implementar una “Topología del trabajo”, la cual implica tomar cada una de las tareas e identificar en dónde se desarrollan mejor, generando una guía de espacios ideales para cada tipo de trabajo, comportamiento o actividad (*).
Al considerar cuatro elementos básicos – el trabajo en sí mismo, la gente, los recursos con los que trabajamos y nosotros mismos- e identificar cómo hacerlos funcionar bien, podremos llegar a convertir el espacio de trabajo en una herramienta, consiguiendo que las oficinas no solamente tengan un buen diseño sino que además faciliten la consecución de los objetivos de negocio, aumentando la satisfacción y productividad de las personas, mejorando los procesos y sirviendo como un factor de atracción y retención del talento.
Esta es una de las premisas de trabajo de 3g office. Y uno de los temas a tratar en la Workplace Conference que tendrá lugar en Bogotá y Lima el próximo 5 y 9 de septiembre.
———————————————————————————————————–(*) En The smarter working Manifesto. Guy Clapperton, Philip Vanhoutte
